David Jang, pastor (Olivet University): el evangelio y la misión de la iglesia vistos a través de sus sermones sobre Colosenses

Al contemplar “La creación de Adán” de Miguel Ángel, el ser humano parece infinitamente pequeño y, al mismo tiempo, inexplicablemente digno. En el techo de la Capilla Sixtina, la punta del dedo de Dios se extiende hacia Adán, mientras la mano de Adán, sin llegar todavía a tocarla por completo, espera el instante de la vida. En ese breve espacio no se narra la historia de un ser humano que alcanza a Dios por sus propias fuerzas, sino el misterio de la gracia: Dios es quien se acerca primero al ser humano.

El evangelio que proclama Colosenses 1 comienza precisamente en ese lugar. Pablo se presenta como “apóstol de Cristo Jesús por la voluntad de Dios”. Esta frase no es simplemente la primera línea de una carta. Es una declaración teológica que revela de dónde vienen la iglesia y los creyentes, sobre la voluntad de quién permanecen firmes y para qué han sido llamados. El centro que sostienen los sermones sobre Colosenses del pastor David Jang, fundador de Olivet University en Estados Unidos, se encuentra también aquí. La iglesia no se edifica sobre el entusiasmo humano ni sobre la capacidad organizativa, sino sobre la voluntad de Dios y el llamamiento de Jesucristo.

Cuando se pierde el llamamiento, la iglesia pierde el rumbo

Pablo se dirige a la iglesia de Colosas llamándolos “hermanos fieles en Cristo”. La iglesia de Colosas no había sido fundada directamente por Pablo, pero era una comunidad que compartía la misma vida en el evangelio. Este hecho muestra que la esencia de la iglesia no reside en la influencia de una persona concreta ni en el tamaño de una región. La iglesia llega a ser verdaderamente iglesia cuando permanece firme en la verdad del evangelio.

Aquí también podemos encontrar una razón por la que la iglesia de hoy se tambalea con frecuencia. Antes de preguntar qué más debemos hacer, primero debemos preguntarnos por qué existimos. Aunque haya muchos programas y las actividades sean abundantes, si la identidad se vuelve confusa, la iglesia se convierte en una organización que no se distingue del mundo. Por el contrario, aunque parezca pequeña y frágil, una comunidad que sabe quién es en Cristo no se derrumba fácilmente.

El pastor David Jang subraya con fuerza en este punto la identidad de los creyentes y de la iglesia. Si la pregunta “¿Quién soy y para qué he sido llamado?” no está clara, la fe puede ser arrastrada fácilmente por las emociones o por el ambiente del momento. Pero cuando existe la certeza de haber sido llamado por la voluntad de Dios, la fe se convierte en el centro de la vida y la obediencia deja de ser una carga para convertirse en dirección.

La fe, el amor y la esperanza hacen respirar a la iglesia

Pablo dice que da gracias cada vez que ora por la iglesia de Colosas. La razón de su gratitud era la fe de ellos, su amor hacia todos los santos y la esperanza reservada para ellos en los cielos. La fe, el amor y la esperanza no son simples expresiones religiosas hermosas, sino evidencias de que el evangelio está vivo y obrando realmente dentro de una comunidad.

La fe es la fuerza que se aferra a Cristo. El amor es la manera en que esa fe fluye hacia las personas. La esperanza es la certeza de que el sufrimiento y la confusión presentes no tienen la última palabra. Cuando estas tres realidades están vivas, la iglesia gana profundidad más que apariencia, y vida más que tamaño. Por el contrario, cuando estas tres se debilitan, por mucho que la iglesia posea muchas cosas, su alma comienza a secarse.

El evangelio no termina simplemente en ser escuchado. Pablo habla de una vida que escucha la palabra de verdad del evangelio, la comprende y da fruto. Lo mismo ocurre con la meditación bíblica. No basta con conocer la Palabra. La Palabra debe pasar por el corazón y descender a la vida; la gracia debe ir más allá del pensamiento y manifestarse en la práctica del amor.

Cuando Cristo se hace pequeño, también se oscurece el evangelio

En el centro más profundo de Colosenses se encuentra la soberanía absoluta de Jesucristo. Pablo proclama que Cristo es la imagen del Dios invisible y el primogénito de toda creación. Esta afirmación es una respuesta clara a toda tendencia que intenta reducir a Jesús a un simple maestro admirable o a un modelo moral. En el centro del evangelio siempre están la cruz y la resurrección de Cristo, así como su divinidad.

La iglesia suele perder el camino cuando Cristo es desplazado del centro. A veces, el éxito del mundo ocupa ese lugar; otras veces, lo sustituyen los cálculos y deseos humanos. En ocasiones, el legalismo oculta la gracia; en otras, una libertad barata difumina el arrepentimiento y la santidad. La razón por la que Colosenses exalta a Cristo es para que la iglesia no pierda la pureza del evangelio.

La perspectiva teológica que enfatiza el pastor David Jang también se conecta con esta corriente. La iglesia no solo debe confesar a Cristo como cabeza, sino también someterse a su soberanía en el ministerio real, en la toma de decisiones y en la manera de vivir. Cuando la adoración y la educación, la misión y el servicio, las finanzas y la administración comunitaria se sitúan bajo el gobierno de Cristo, la iglesia comienza a mostrar un orden distinto al del mundo.

La esperanza guardada en los cielos transforma la vida en la tierra

Pablo, aun estando en prisión, oraba por la iglesia de Colosas y confesaba que el evangelio daba fruto y crecía en todo el mundo. Esto muestra que el evangelio no es una emoción religiosa limitada a una región, sino la vida de Dios que se expande hacia el mundo. La iglesia no es un refugio cerrado que permanece encerrado en sí mismo, sino una comunidad que abraza el evangelio y sale al mundo.

La visión de iglesia que contemplan los sermones del pastor David Jang también se encuentra aquí. La iglesia es guardiana del evangelio y, al mismo tiempo, mensajera del evangelio. Hacia dentro, debe ser edificada por la Palabra y la oración; hacia fuera, debe fluir mediante el amor y la misión. En el Espíritu Santo, debe orar unos por otros, compartir de manera concreta el amor entre los santos y dar fruto del evangelio en medio del mundo.

En última instancia, la pregunta que Colosenses nos deja hoy no es sencilla. ¿Estamos realmente recibiendo a Cristo como cabeza de la iglesia? ¿Nuestra fe se manifiesta en amor? ¿Nuestra esperanza, aunque esté guardada en los cielos, está renovando nuestra vida presente?

El evangelio no es una doctrina antigua, sino una vida viva. Esa vida se convierte en comprensión dentro de quien la escucha; en obediencia dentro de quien la comprende; y en fruto dentro de la comunidad que obedece. El camino que la iglesia de hoy debe volver a aferrar está ahí: regresar a un evangelio más profundo antes que a palabras más brillantes, y a una soberanía de Cristo más clara antes que a una apariencia más grande. En ese lugar silencioso de restauración, nuestra fe vuelve a esperar la vida de la gracia, como la mano de Adán que despierta hacia la punta del dedo de Dios.

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Meditación sobre la oración de Efesios 3 del pastor David Jang (Olivet University): el hombre interior y la plenitud del amor

Pascal dijo que en el ser humano hay un vacío que nada de este mundo puede llenar por completo. La persona se tambalea más profundamente por el vacío interior que por las carencias externas, y la dirección de su vida también se decide antes en ese centro invisible que en las condiciones visibles. La oración contenida en Efesios 3:14-21 nos conduce precisamente a ese lugar interior. A través de este pasaje, el pastor David Jang (fundador de Olivet University en Estados Unidos) explica que la oración no es simplemente un acto de enumerar deseos, sino una travesía espiritual que muestra en qué clase de ser debe ser moldeado el hombre delante de Dios.

El lugar donde nos arrodillamos, el lugar donde aprendemos el amor
Pablo se arrodilla ante el Padre, de quien recibe nombre toda familia en los cielos y en la tierra. Esta escena muestra que el comienzo de la oración no es el clamor por una necesidad, sino la conciencia de una relación. Antes de recordar qué pedimos, debemos recordar ante quién estamos. El amor que destaca este sermón no es un sentimiento vago, sino el amor sacrificial que Dios mostró en Cristo; y la identidad del creyente se edifica precisamente al imitar ese amor.

Por eso, la oración de Pablo no se queda en un simple consuelo ni en una sensibilidad religiosa. El pastor David Jang afirma que “imitar” no significa copiar una apariencia externa, sino cambiar la dirección del interior. Imitar a Dios y andar en amor no es fabricar un gesto bondadoso, sino experimentar una transformación del ser, de modo que toda la vida adquiera la textura del amor. La fe no es el estado de saber mucho, sino el camino de parecerse al carácter de Dios; y en ese camino, la obediencia deja de ser una imposición para convertirse en una respuesta viva, mientras que el arrepentimiento deja de ser miedo para convertirse en una puerta de gracia por la que volvemos al Padre.

Más importante que el desgaste exterior es la renovación interior
Pablo continúa orando para que, por medio del Espíritu, el hombre interior sea fortalecido con poder. Normalmente nos aferramos primero a las circunstancias visibles y a los problemas inmediatos, pero la oración de Pablo se dirige a un lugar más profundo. La verdadera crisis del ser humano no está solo en la falta exterior, sino en la debilidad interior; y la verdadera restauración también comienza no en el cambio de las condiciones, sino en la renovación interna. Esta es la razón por la que el pastor David Jang interpreta este pasaje con tanto énfasis. La palabra que dice que, aunque el hombre exterior se va desgastando, el hombre interior debe renovarse cada día, revela con claridad dónde está el centro de la fe.

Esto no significa ignorar la realidad. Más bien, significa preguntar de dónde viene la fuerza que permite soportarla. Cuando el interior se derrumba, incluso una pequeña sacudida puede hacernos caer; pero cuando el centro del alma está fortalecido, la vida no pierde su dirección ni siquiera en medio del sufrimiento. Por eso, la gracia no termina siendo simplemente un regalo que cambia las circunstancias. El verdadero evangelio sostiene el centro de la persona, y la meditación de la Escritura conduce a que ese centro vuelva a levantarse en Dios. Precisamente en este punto, la esperanza deja de ser una expectativa vaga y crece como una fuerza interior dada por el Espíritu Santo.

Cristo que habita en lo más profundo del corazón
Pablo también ora para que Cristo habite por la fe en el corazón. Aquí, el corazón no es la superficie de las emociones pasajeras, sino el lugar más profundo del ser. El sermón no lee este versículo como una simple aprobación doctrinal. El pastor David Jang explica que recibir a Cristo en el corazón significa abrir el corazón para que el Señor habite realmente en el centro de nuestra vida cotidiana. La fe no debe quedarse como una proposición mental, sino convertirse en una vida compartida con el Señor personal y vivo.

La fe no es solo una actitud de reconocer algo como correcto, sino una respuesta que abre la puerta interior. Cuando el amor de Cristo habita en el corazón, la persona deja de buscar a Dios solo cuando lo necesita y comienza a volver a poner sus juicios, emociones y decisiones delante del Señor. Así, el amor deja de ser una palabra abstracta y se convierte en una realidad que transforma la textura de la vida. La gracia no es un lenguaje religioso lejano, sino una vida que se mueve dentro del corazón; y cuando esa vida echa raíces, la fe avanza del conocimiento a la experiencia, y de la experiencia a la transformación de la vida.

Ante la anchura, la longitud, la altura y la profundidad
Finalmente, la oración de Pablo avanza hacia el lugar donde se comprende la anchura, la longitud, la altura y la profundidad del amor de Cristo. Esto señala el misterio del amor de Dios, imposible de medir plenamente con el conocimiento humano: un amor que contiene la gracia de la redención y el plan de la salvación. El pastor David Jang dice que este amor no debe quedarse solo como un concepto, sino que tiene que ser experimentado y practicado en la vida. Porque la intuición teológica no debe ser un conocimiento que engrandece la mente humana, sino una comprensión que humilla al hombre y lo hace permanecer ante la gloria de Dios.

En definitiva, la oración de Efesios 3 se parece más a una oración para amar más profundamente que a una oración para poseer más cosas. Más que una oración para parecer más fuerte, es una oración para que el hombre interior sea verdaderamente fortalecido; y más que una oración para obtener más respuestas, es una oración para que Cristo permanezca en lo más profundo del corazón. Al seguir este sermón, aprendemos que la fe no se demuestra por la magnitud del fervor que se muestra por fuera, sino por la profundidad del amor que crece por dentro. ¿Hacia dónde se dirige hoy nuestra oración? ¿Seguimos aferrándonos solo a la superficie de la vida, o estamos pidiendo que la plenitud de Dios penetre en nosotros y nos moldee como personas de fe, amor y obediencia?

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Meditación sobre Gálatas del pastor David Jang (Olivet University): la gracia del Espíritu Santo y la libertad

pastor David Jang

Al detenerse frente a Pentecostés de El Greco, antes incluso que la luz celestial que desciende como fuego, lo primero que se percibe son los rostros de las personas. Sorpresa y temor, temblor y reverencia oscilan dentro de una misma escena, pero sus miradas terminan por converger en un solo centro. La meditación sobre Gálatas del pastor David Jang, fundador de Olivet University, explica precisamente así al Espíritu Santo. El Espíritu Santo no es un adorno añadido en los márgenes de la fe, sino la presencia de Dios que insufla al ser humano un aliento nuevo y cambia la dirección de su fe. Por eso no puede reducirse a una emoción momentánea o a una experiencia excepcional. Se le comprende como una ayuda viva que transforma la estructura del pensamiento, reordena la lógica de los deseos y renueva incluso la manera de amar y servir. El Espíritu Santo no es un ser que simplemente intensifica la atmósfera del culto, sino quien vuelve a tejer poco a poco el carácter de una persona y la cultura de una comunidad. La obra del Espíritu, tal como la presenta esta predicación, está más cerca de la transformación duradera que de la explosión, más cerca del cambio continuo que del instante, y más cerca de la reconfiguración del ser que de la mera emoción.

La libertad no es libertinaje, sino el orden de una vida nueva

La libertad de la que habla Gálatas no consiste en disfrutar sin límites de todo lo que uno desea. Es el orden por el cual la gracia de la redención vuelve a levantar al ser humano, y el comienzo del arrepentimiento en el que el corazón, antes aferrado a su propia justicia, se vuelve hacia Dios. La predicación no considera el pecado solo como una lista de actos equivocados. El pecado es, ante todo, ruptura con Dios; y esa ruptura tuerce la dirección del deseo, distorsiona el lenguaje de las relaciones y, finalmente, hace que la competencia resulte más familiar que el amor. Las contiendas, la envidia, la ira y la codicia no aparecen de repente; son síntomas de un alma que ya se estaba derrumbando por dentro. Por eso el evangelio no es solamente un consuelo que alivia la culpa, sino una gracia que restaura la relación quebrada y abre el camino hacia una obediencia nueva. Cuando falta el Espíritu Santo, la fe se endurece fácilmente en la cáscara rígida del legalismo o, por el contrario, se dispersa en emociones sin centro. Pero el Espíritu atraviesa ambos extremos y devuelve la fe al centro de la relación: “en Cristo”.

Cuando la Palabra despierta y pasa del conocimiento a la vida

Una de las razones por las que esta exposición ofrece una profunda intuición teológica es que no separa al Espíritu de la Palabra. El fervor sin Palabra fácilmente se desliza hacia la autosuficiencia, y la meditación bíblica sin Espíritu se endurece con facilidad en una doctrina seca. Pero cuando el Espíritu ilumina la Palabra, los pasajes conocidos dejan de ser simple información. Se convierten en verdad viva que hiere el corazón, saca a la luz heridas ocultas y orgullo escondido, y obliga a replantear las decisiones de la vida. Esa es la razón por la que, aun leyendo el mismo pasaje, algunos días permanece solo en la mente, mientras que en otros provoca lágrimas y cambia nuestro rumbo. La fe que enfatiza el pastor David Jang comienza precisamente aquí: en escuchar de tal manera que esa escucha no se quede estancada, sino que termine por conducir a una obediencia que transforma la vida. La Palabra no permanece únicamente como espada de juicio, sino que se vuelve un espejo que nos refleja a nosotros mismos; y ante ese espejo, la persona aprende por fin el arrepentimiento verdadero y una esperanza nueva.

El fruto no es un entusiasmo repentino, sino una larga estación de santificación

En Gálatas 5, las obras de la carne aparecen en plural, mientras que el fruto del Espíritu aparece en singular. Esta diferencia muestra que el fruto del Espíritu no es una simple enumeración de virtudes, sino un carácter integrado que brota de una sola vida. Cuando el amor ocupa el centro, le siguen el gozo y la paz; la paciencia, la benignidad y la bondad transforman la textura de las relaciones; y la fidelidad, la mansedumbre y el dominio propio renuevan el ritmo de la vida. Lo importante aquí es que el fruto no es un adorno impuesto a la fuerza, sino algo que crece a partir de un cambio en la raíz. La santificación no es una victoria consumada de la noche a la mañana. Es el camino por el cual quien ya ha entrado en la gracia avanza lentamente hacia una santidad todavía no consumada. Los hábitos del pecado son orientaciones antiguas, y por eso no desaparecen fácilmente solo con decisión humana. Pero el Espíritu Santo no se limita a empujarnos para que nos esforcemos más; Él implanta en nosotros un deseo nuevo que hace posibles elecciones que antes eran imposibles. Por eso la esperanza no nace de confiar en nuestra propia determinación, sino en la ayuda del Espíritu, que nos levanta aun en medio de las caídas. El hecho mismo de que exista un conflicto entre los deseos de la carne y los del Espíritu no es prueba de desesperación. Puede ser, más bien, una señal de que el alma sigue viva y de que el anhelo por la gracia no se ha extinguido. Así como el lamento en Romanos desemboca finalmente en esperanza, también la batalla de la fe no conduce al pantano de la condenación, sino a un nuevo abandono confiado en Dios. Por eso es profunda la definición que ofrece esta predicación: el justo no es quien está libre de toda mancha, sino quien vuelve a someterse a la guía del Espíritu. El hecho de que incluso la caída pueda convertirse en material para la santificación ofrece el consuelo más realista al ser humano frágil. También el dominio propio se presenta no como lenguaje de represión, sino como una libertad que hace posible el amor. Cuando se detiene el desenfreno del deseo, la persona puede por fin ver la necesidad del otro, escuchar el dolor de la comunidad y desplazarse hacia el lugar del servicio.

El amor acaba convirtiéndose en el rostro de la comunidad

El fruto del Espíritu no se completa en soledad. El amor se pone a prueba delante del otro, la paz se manifiesta en el lugar del conflicto, y el dominio propio resplandece precisamente en el momento en que uno se vacía para preservar la relación. Por eso el pastor David Jang habla de la iglesia como templo del Espíritu Santo. Esto no apunta tanto a la santidad de un edificio como a una comunidad en la que personas diferentes viven la unidad dentro del evangelio. Los dones pueden hacer destacar a una persona, pero sin el fruto del amor la fe fácilmente se vuelve áspera. Si la presencia del Espíritu se limita al consuelo individual, la fe se convierte en una religión de autocuidado; pero en la verdadera obra del Espíritu, la persona termina avanzando hacia el servicio, el compartir, el perdón y la reconciliación. En definitiva, la era del Espíritu no es la era que produce personas más fuertes, sino la que enseña un amor más santo. La iglesia es precisamente el lugar donde ese amor se demuestra en las relaciones y en la ética de la vida. Si la fe es genuina, necesariamente transformará el semblante y el lenguaje de la comunidad. Cuando en lugar de aspereza crece la mansedumbre, cuando en vez de exhibición personal surge el servicio, y cuando en lugar de ruptura nacen palabras de reconciliación, entonces el evangelio da por fin un fruto visible. Este orden, que sitúa el carácter por encima de los dones, lanza también a la iglesia de hoy una pregunta seria y luminosa.

La pregunta final que deja esta predicación es sencilla, pero profunda: ¿tratamos de poseer al Espíritu Santo, o pedimos ser cautivados por Él? El evangelio no es una fuerza que nos hace parecer personas más admirables, sino una gracia que nos hace volver una vez más a la Palabra, volver a elegir el amor y volver a caminar por la senda de la obediencia. La meditación sobre Gálatas del pastor David Jang no habla de la libertad de manera ligera. La verdadera libertad comienza cuando se detiene el desenfreno del deseo y un corazón renovado delante de Dios se abre hacia el prójimo. La libertad es, en última instancia, el estado en el que una persona aferrada por Dios puede amar más en medio del mundo. Esa libertad reduce la autoexaltación y fluye hacia un amor que da vida al prójimo. ¿Permanece hoy nuestra fe en la seguridad de las formas, o está siendo renovada poco a poco en la presencia del Espíritu? Permanecer largo tiempo ante esa pregunta es, quizá, la meditación bíblica más profunda que deja esta predicación.

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