Hechos 9: la conversión y el llamamiento de Pablo | Pastor David Jang

El hombre que iba a arrestar a los cristianos se convirtió en testigo de Jesucristo. La conversión de Pablo, narrada en Hechos 9, muestra cómo la gracia del Señor transformó las convicciones y el propósito de vida de una persona. El sermón del pastor David Jang, fundador de Olivet University en Estados Unidos, examina cómo esa transformación condujo a la proclamación del evangelio, al acompañamiento de la comunidad y a la misión de cuidar la vida. Después de confesar nuestra fe, ¿hacia dónde se dirigen nuestras palabras y decisiones?

El arrepentimiento comienza al dejar de aferrarnos a nuestras propias certezas

Saulo tenía conocimiento y fervor. Sin embargo, lo que pretendía hacer al viajar de Jerusalén a Damasco era detener a quienes seguían a Jesús. Ser fiel a las propias convicciones no garantiza que la dirección de nuestra vida sea la correcta. El Señor intervino en aquel camino y lo llevó a dejar de aferrarse a su propio juicio ante Jesucristo, a quien hasta entonces había rechazado.

El sermón interpreta la escena en la que algo semejante a escamas cae de los ojos de Saulo como una transformación espiritual en la que se desprenden la incredulidad y las formas de pensar arraigadas. Incluso los juicios que antes se daban por sentados comienzan a examinarse de nuevo a la luz de la Palabra. La conversión es una transformación por la que reconocemos a Jesucristo como Señor y confiamos la dirección de nuestra vida a su Palabra. El arrepentimiento implica reconocer con sinceridad nuestros errores y cambiar nuestras decisiones de acuerdo con esa confesión.

En el origen de la conversión está la gracia del Señor, que tomó la iniciativa de buscar a Saulo. El llamamiento que recibió cuando todavía se oponía a la Iglesia le permitió comprender en qué se había equivocado. Por eso, si entendemos el arrepentimiento únicamente como la carga de tener que convertirnos en mejores personas por nuestras propias fuerzas, corremos el riesgo de perder de vista a quien cambió el rumbo de su vida. La vida de escucha y obediencia a la Palabra comienza de nuevo cuando quien antes pretendía cargar a solas con toda la responsabilidad del cambio aprende a depender del Señor.

Esta pregunta también se hace presente en nuestra meditación bíblica de hoy. Si solo buscamos versículos que respalden conclusiones que ya hemos dado por correctas, podemos leer la Palabra sin que cambie nuestro propio juicio. También necesitamos examinarnos cuando nos apresuramos a emitir un juicio con el lenguaje de la fe sin haber escuchado hasta el final lo que otra persona tiene que decir. Quien se examina a la luz de la Palabra considera tanto la firmeza de sus convicciones como a quién sigue al sostenerlas.

Esto no significa que quien reconoce sus errores deba quedar preso de su pasado. La gracia que llamó a Saulo nos impide descartar precipitadamente la posibilidad de que alguien cambie. El sermón vincula el plan de Dios con el llamamiento porque sitúa en el Señor el origen de ese llamado. La mirada que antes se enorgullecía de sus conocimientos y experiencia, o se detenía únicamente en sus limitaciones, ahora se pregunta a quién puede servir con lo que tiene.

Compartir sin demora el evangelio que hemos recibido

En Saulo, esa nueva dirección se manifestó enseguida en su testimonio. Después de su conversión, comenzó a proclamar en las sinagogas que Jesús era el Hijo de Dios y el Mesías. El nombre que antes rechazaba se convirtió en la buena noticia de salvación que ahora anunciaba a los demás. El significado de su conversión se ve con claridad tanto en lo que dejó atrás como en aquel en quien llegó a creer y en el propósito por el que comenzó a vivir.

Al comentar este pasaje, el pastor David Jang destaca la importancia de no posponer la proclamación del evangelio. Lo que impulsaba el testimonio de Saulo era la certeza de quién es Jesucristo. Cuando el Señor, que expió nuestros pecados y resucitó, ocupa el centro del evangelio, evangelizar se convierte en compartir con otros la gracia que hemos recibido. Incluso cuando hablamos de la alegría de pertenecer a la Iglesia o de los beneficios que hemos experimentado personalmente, debemos mantener ese centro para que quienes nos escuchan puedan conocer a Jesús.

Para ello hace falta la sabiduría de avanzar a la vez en el aprendizaje y la práctica. Al animarnos a dar testimonio sin demora, el sermón también insiste en el estudio de la Palabra, la oración, la meditación y la formación en la fe. Aunque todavía no podamos responder a todas las preguntas, podemos compartir con honestidad el evangelio que ya comprendemos y creemos. La disposición a seguir aprendiendo, sin fingir que sabemos lo que desconocemos, crece junto a la obediencia que no deja pasar las oportunidades de compartir la gracia recibida.

Por eso, al reflexionar sobre nuestras conversaciones acerca del evangelio, debemos considerar algo más que nuestra elocuencia. Necesitamos preguntarnos si hemos escuchado con suficiente atención las preguntas de la otra persona y si, al explicar quién es Jesús, no nos hemos concentrado en demostrar que teníamos razón. Cuando surge una oportunidad de hablar de la fe en la familia o en el trabajo, podemos examinar juntos aquello que la otra persona no ha comprendido. Cuando un conocimiento claro de la Palabra se une al amor por las personas, el testimonio se convierte en una invitación respetuosa.

La cesta y Bernabé: el apoyo que mantuvo abierto el camino del evangelio

Mientras Saulo proclamaba así el evangelio, se vio amenazado de muerte. Escapó de Damasco al ser bajado en una cesta por la muralla, y también en Jerusalén tuvo que trasladarse a otro lugar debido a la oposición. Haber recibido el llamamiento del Señor no eliminó los peligros del camino. Saulo daba testimonio con valentía y, al mismo tiempo, recibía la ayuda de la comunidad que lo protegía. Esta escena nos recuerda que reconocer nuestra fragilidad y aceptar ayuda también forman parte del camino de fe de quienes cumplen una misión.

Los discípulos de Jerusalén afrontaban otra dificultad: tenían miedo de Saulo, que antes los había perseguido. Entonces Bernabé lo presentó a los apóstoles y lo ayudó a integrarse en la comunidad. La escena muestra que, para que la transformación de una persona sea acogida y pueda madurar dentro de la Iglesia, hace falta el esfuerzo de acercar a las personas y ayudar a construir confianza.

También hoy, al recibir a quienes comienzan a creer, la Iglesia puede recordar la importancia de ese acompañamiento. Además de animarlos a proclamar el evangelio, es necesario ofrecerles relaciones en las que se escuchen sus preguntas y dificultades. Si solo preguntamos por los resultados del ministerio, podemos pasar por alto la situación de quienes están agotados; si solo recordamos cómo eran antes, puede costarnos reconocer sus esfuerzos por vivir de una manera nueva. Facilitarles una salida ante el peligro y permanecer a su lado mientras crece su fe son responsabilidades confiadas a la comunidad.

El sermón considera conjuntamente el sufrimiento de Pablo y la paz de la Iglesia, y llama la atención sobre el hecho de que la entrega de unos sostiene la fe de otros. Hechos relata que la Iglesia en toda Judea, Galilea y Samaria crecía, viviendo en el temor del Señor y en el consuelo del Espíritu Santo. Cuando recordamos a quien sostiene ese crecimiento, evitamos hacer que el futuro de la Iglesia dependa únicamente del entusiasmo de una persona. Que el relato continúe con el ministerio de Pedro después de la historia de Saulo también muestra que Dios obra por medio de diversas personas.

El amor que revelan las sanidades de Pedro y las prendas de Tabita

En Lida, Pedro encontró a Eneas, un hombre que llevaba ocho años sin poder levantarse de su lecho. Al anunciarle que era Jesucristo quien lo sanaba, Pedro dejó claro quién era el autor de la sanidad. Quien debe ocupar el centro de nuestra atención es el Señor, que restaura la vida. Si quien ejerce el ministerio pone su propio nombre en primer plano, puede apartar de Jesús la mirada de las personas; por eso, la humildad es necesaria incluso cuando se realizan milagros.

En Jope, el relato continúa con Tabita, quien murió y volvió a la vida tras la oración de Pedro. Muchos se enteraron de lo ocurrido y creyeron en el Señor. El milagro dirigió a las personas hacia el Señor de la vida. Al recorrer Hechos 9, vemos que la conversión, el testimonio y las escenas de sanidad apuntan todos a Jesucristo.

La manera en que Tabita había vivido también muestra el contenido de esa fe. Era una discípula que socorría a las viudas y a los pobres y confeccionaba ropa para ellos. Las prendas que había hecho nos invitan a pensar en cómo el amor atiende las necesidades reales de una persona. También nosotros podemos servir compartiendo nuestro tiempo y nuestras habilidades, o ayudando a las personas a encontrar el apoyo que necesitan. El valor de los esfuerzos que permiten a alguien afrontar un día más no puede medirse únicamente por sus resultados visibles.

El pastor David Jang anima a orar por la sanidad y a respetar también el trabajo de los profesionales de la salud y los tratamientos adecuados. La oración por la recuperación de una persona enferma lleva consigo la responsabilidad de atender a las dificultades y necesidades que experimenta hoy. Aun cuando no se vean los resultados de la sanidad, debemos perseverar en la fe y continuar cuidando de ella. La fe que da gloria al Señor se manifiesta en una actitud que valora y cuida hasta el final a quienes necesitan ayuda.

Este amor también se extiende más allá de los límites que resultan familiares a la Iglesia. El sermón interpreta la estancia de Pedro en casa de Simón el curtidor como un anticipo de la misión entre los gentiles. La escena nos invita a preguntarnos si estamos delimitando de antemano a quién debe llegar el evangelio según nuestros vínculos personales o las diferencias culturales. La Iglesia debe ir más allá de su propia comodidad y buscar caminos para acercarse a quienes todavía no conocen al Señor. La mención que hace el sermón de la proclamación del evangelio en diversas culturas y a través de los medios de comunicación también se vincula con la misión de acercarse a los entornos en los que viven las personas.

La gracia que cambió el rumbo de Saulo cuando se dirigía a Damasco también ilumina hoy nuestras decisiones. Si hemos pospuesto una oportunidad de hablar del evangelio o hemos pasado de largo al ver la necesidad de alguien, podemos comenzar allí con un pequeño acto de obediencia. ¿A quién estoy anunciando el evangelio y a quién estoy acompañando y cuidando en respuesta al llamamiento que hoy se me ha confiado?

www.davidjang.org

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