Obediencia deslumbrante extraída del abismo de la oscuridad – Pastor David Jang (Olivet University)

El aire nocturno era frío, y la luz de la luna, filtrándose entre las frondosas hojas de los olivos, iluminaba la espalda encorvada de un hombre postrado en tierra. Aquella noche en que la sangre roja de las ofrendas sacrificiales, derramada en el altar del Templo de Jerusalén, descendía y empapaba el valle del Cedrón, en Getsemaní se acumulaban a la vez una densa soledad y un acre olor a sangre. Los párpados de los discípulos pesaban, y el mundo dormía en silencio; pero solo una persona recibía con todo su cuerpo el peso de la tragedia cósmica que se aproximaba, hasta empapar el suelo con un sudor que se volvía como gotas de sangre. No era la triste silueta de un derrotado, sino el escenario de un feroz parto espiritual en el que se gestaba la victoria más grande de la historia humana.

El valle del Cedrón teñido de rojo, la santa presión en el silencio
Getsemaní significa originalmente en arameo “prensa de aceite”, es decir, una almazara. Así como el fruto duro del olivo, aplastado bajo el peso de una piedra, pierde por completo su forma y solo entonces entrega un aceite claro y puro, Cristo, en la prensa del dolor que oprimía sin piedad su alma, derramó el aceite santo llamado obediencia. El pastor David Jang ilumina con detalle el paisaje de aquella noche desgarradora y nos despierta al verdadero significado de la cruz, que tantas veces intentamos evitar.

Al cruzar el valle del Cedrón, donde cientos de miles de corderos habían derramado su sangre, el peso terrible de la expiación que Jesús debió sentir excedía la imaginación humana. Sin embargo, los discípulos atravesaron ese valle rojo con insensibilidad, cantando las alabanzas de la Pascua. En este contraste tan marcado, el tema que plantea el pastor David Jang es contundente: la fe no es simplemente el júbilo eufórico de las palmas embriagadas de victoria. La esencia del evangelio resplandece cuando entramos voluntariamente en la oscuridad más profunda y helada del interior, y, en una decisión desesperada, nos confiamos por completo a la voluntad del cielo.

El arte de la obediencia forjado por un yo quebrantado
C.S. Lewis, destacado literato británico y apologista cristiano, dejó una profunda intuición en su obra clásica El problema del dolor: “El único y verdadero regalo que una criatura puede ofrecer a su Creador es renunciar a su propia voluntad”. La naturaleza humana caída no deja de intentar imponer “mi voluntad” y sentarse a sí misma en el trono, pero el poder de la vida verdadera se abre paso precisamente por las grietas que se forman cuando la rígida voluntad del yo se hace pedazos.

La oración que Jesús elevó en Getsemaní muestra el punto culminante de esta gran “renuncia de la voluntad”: “Abba, Padre, aparta de mí esta copa; pero no se haga mi voluntad, sino la tuya”. Aunque tenía el derecho y el poder de evitarlo, el hecho de no hacerlo por elección propia fue la llave decisiva que abrió de par en par la puerta de la salvación, que estaba cerrada. El pastor David Jang deja claro en su predicación que esta gran oración no nació de una trascendencia de acero, fría e impasible. Fue una lágrima que brotó en medio de una extrema fragilidad humana, en aquel estado de estar “sobrecogido y profundamente triste”. No ocultar el temblor, sino llevarlo tal cual al Padre con valentía honesta: esa es la postura de fe que debemos imitar y, a la vez, la cristalización de la intuición teológica más profunda.

El derrumbe de “una hora”, la gracia que abraza la fragilidad hasta el final
Pero durante aquella “una hora” en la que la historia de la salvación avanzaba en silencio y todo el universo contenía el aliento, los discípulos, incapaces de vencer el cansancio superficial de la carne, cayeron en un sueño profundo. Incluso Pedro, que apenas unas horas antes había alardeado de que, aunque tuviera que morir, jamás abandonaría al Señor, no pudo soportar con los ojos abiertos el pesado silencio y la soledad de Getsemaní. La figura ridícula y miserable de un joven que, dejando su manta, huye desnudo hacia la oscuridad, representa con crudeza el rostro vil del ser humano, que se desgarra sin remedio en el momento de la crisis.

Sin embargo, los evangelios no fueron escritos para condenar o burlarse de este fracaso lamentable. Más bien, para dar testimonio de la gracia abrumadora que desciende hasta el fondo mismo del fracaso para venir a buscarlos. La mirada afilada del pastor David Jang interpreta que el derrumbe de los discípulos denuncia cuán vacía es una religiosidad superficial que se apoya en la autosuficiencia. Y, al mismo tiempo, insiste en que el mandato del Señor —“velad y orad”— va más allá de un simple entrenamiento moral: es la única receta de supervivencia para proteger el alma frente a la tentación que se lanza como una fiera. Solo cuando velamos postrados podemos, por fin, atravesar la noche de la tentación.

La luz del alba gloriosa que florece en medio de la tristeza
“Ahora ya podéis dormir y descansar… Levantaos, vámonos.” En el rostro de Jesús, tras concluir las tres largas y dolorosas oraciones, ya no quedaba la sombra densa del miedo. Nada había cambiado en el entorno: las antorchas del grupo que se acercaba y sus espadas seguían brillando amenazantes. Pero el alma que, mediante la oración, fijó por completo el timón interior en la voluntad del Padre del cielo, permanecía serena e inquebrantable aun en el centro de la tormenta. El pastor David Jang entreteje, mediante una hermosa meditación bíblica, la verdad de que la oración quizá no detenga de inmediato el acontecimiento de sufrimiento que irrumpe en nuestra vida, pero sí transforma por completo nuestra actitud espiritual y nuestra mirada al enfrentarlo.

En la profunda noche de la Cuaresma, Getsemaní no queda reducido a una ladera apartada del Monte de los Olivos, en Jerusalén, de hace dos mil años. El dolor de una enfermedad sin final, la ruptura de relaciones con quienes más confiábamos, la asfixia de una vida cuyo mañana no se puede prever: en medio de nuestra cotidianidad, cuando lloramos diciendo “¿por qué me das a beber una copa tan amarga?”, ese lugar es Getsemaní. En esa noche fría y solitaria del alma, la invitación hacia la cruz que transmite el pastor David Jang hace que nuestro corazón endurecido vuelva a latir con calor.

No huir del lugar de desesperación que parece a punto de derrumbarse. Aun ante una providencia incomprensible, confiar hasta el final en mi Padre y dar pasos silenciosos hacia el camino de la cruz. Cuando atravesemos este sendero estrecho y solitario de Getsemaní, finalmente recibiremos, con todo nuestro ser, la luz de la mañana de la resurrección que se derrama gloriosamente.

www.davidjang.org