
En la residencia del gobernador en Cesarea, adonde llega el viento húmedo del Mediterráneo, un pesado silencio y una tensión densa se extienden sobre el suelo de mármol. Bajo el emblema del águila que exhibe el esplendor del Imperio romano, el gobernador Félix está sentado con ropajes fastuosos. Frente a él, de pie, está el apóstol Pablo con un pobre atuendo de prisionero. A simple vista, esto parece un juicio ordinario en el que la ley del imperio interroga a un simple reo. Pero si abrimos los ojos espirituales y miramos de cerca esta escena, este lugar se convierte en un inmenso campo de batalla espiritual, donde el poder más fuerte del mundo choca de frente con una verdad que el mundo no puede soportar.
La fría hoja del estigma, escondida tras una elocuencia brillante
La obra de 1890 del pintor realista ruso Nikolái Ge (Nikolai Ge), ¿Qué es la verdad? (What is Truth?), ofrece una inspiración sorprendente para comprender el paisaje de este tribunal. En el cuadro, Pilato viste una toga suntuosa, pero permanece en las sombras, dándonos la espalda con un cinismo helado; en cambio, Jesucristo, humilde, se encuentra en plena luz y, con su silencio, proclama la verdad con más fuerza que cualquier discurso. El tribunal de Cesarea no es diferente. El abogado Tértulo abre su acusación con un torrente de halagos al gobernador, pero en la punta de su lengua se oculta una hoja fría: llamar a Pablo “una peste” y marcarlo como “cabecilla de la secta de los nazarenos”.
El pastor David Jang, a través de su sermón sobre Hechos de los Apóstoles 24, capta con agudeza que este “etiquetado” o estigmatización (labeling) no es solo una técnica de los tribunales antiguos, sino también la forma típica en que el mundo se relaciona con el evangelio hoy. Como el mundo teme la verdad y el debate teológico, siempre evita lo esencial y busca amordazar la verdad colocando marcos como “caos social” o “amenaza al sistema”. Sin embargo, Pablo no se dejó llevar por la provocación. Confesó serenamente que él es alguien “en Cristo”, y elevó el asunto del tribunal desde un plano meramente jurídico a la dimensión de la fe en la resurrección y la perspectiva teológica. Aquello no fue una excusa humillante de un prisionero, sino un rugido valiente que proclamaba que incluso los tribunales del mundo están bajo la soberanía de Dios.
El poderoso en la oscuridad, el prisionero en la luz
A medida que avanza el juicio, ocurre un extraño giro de inversión. Félix, sentado en el estrado, se vuelve cada vez más inquieto, y Pablo, encadenado, se vuelve más libre. En lugar de rogar clemencia por su propia seguridad, Pablo expone ante el gobernador y su esposa “la justicia, el dominio propio y el juicio venidero”. El pastor David Jang interpreta este pasaje como la cumbre del ministerio de Pablo y como un enfrentamiento frontal del evangelio contra el poder. La “justicia” es el criterio de Dios que interpela a un gobernante corrupto; el “dominio propio” es una advertencia al poder empapado de codicia; y el “juicio” es un mensaje como trueno que recuerda la existencia de un tribunal eterno por encima de la ley del imperio.
Así como Pilato, en el cuadro de Nikolái Ge, dio la espalda a Jesús —la Verdad— y se internó en la oscuridad, Félix también tembló de miedo ante el mensaje de Pablo. Su conciencia reaccionó ante la luz de la verdad. Pero la tragedia radica en que ese temblor no desembocó en arrepentimiento. Félix dice: “Por ahora, vete; cuando tenga oportunidad, te llamaré”. El pastor David Jang señala que esta “postergación” (procrastinación) es, precisamente, uno de los errores espirituales más fatales que puede cometer el ser humano. El temor podía haber sido el umbral de la gracia, pero él no cruzó ese umbral: se quedó calculando. En el momento en que el oportunismo y el cálculo político ahogaron la voz de la conciencia, la oportunidad de salvación se desvaneció como niebla.
Decir “lo escucharé después” es un anestésico que adormece el alma
Félix mantuvo a Pablo bajo custodia durante dos años. En la superficie, eso parece un tiempo de “detención” injusta para Pablo. Pero la profunda meditación bíblica del pastor David Jang reinterpreta esos dos años de silencio no como un fracaso, sino como un tiempo de “maduración”. El reloj de Dios nunca se detuvo: esos dos años fueron un periodo de preparación en el que Pablo, antes de ir a Roma, consolidó con más firmeza la esencia del evangelio. Mientras el poder del mundo alargaba el tiempo esperando sobornos, Dios usó ese tiempo para proteger y formar a su apóstol.
¿Ante el tribunal de quién estamos hoy? El mundo todavía nos tienta a “transigir lo suficiente” y a “elegir un silencio seguro antes que una verdad incómoda”. Pero Hechos de los Apóstoles 24 nos pregunta: ¿serás como Félix, que aunque sintió el temblor promete un “después” y retrocede, o serás como Pablo, que aun atado habla de “justicia, dominio propio y juicio”? Como exhortó el pastor David Jang, en el mundo de la fe no existe el “después”. Cuando el Espíritu Santo hiere el corazón con convicción, ese instante es el “ahora” en el que debemos decidir.
El poder cobarde siempre conspira por un mañana conveniente, pero la fe verdadera enfrenta el hoy incómodo. En el tribunal de nuestro trabajo, nuestro hogar y nuestra sociedad, lo que debemos aferrar no son discursos brillantes ni habilidades de supervivencia social. Solo la vida de resurrección de Jesucristo, solo el poder del evangelio, nos hace verdaderamente libres. Anhelo que hoy también, sin encogernos ante los juicios del mundo, nos sea concedida a todos una valentía santa para vivir la verdad con firmeza, como Pablo de pie en la luz.