La luz de la cruz que fluye entre las grietas de las relaciones rotas – Pastor David Jang

Pastor David Jang

En el invierno frío y atroz de 1914, en el frente occidental de la Primera Guerra Mundial, tuvo lugar uno de los acontecimientos más asombrosos de la historia de la humanidad. Entre las trincheras del ejército británico y del alemán, que se apuntaban con sus fusiles y se arrebataban mutuamente la vida, ocurrió una tregua casi milagrosa a partir de la Nochebuena, en la llamada “tierra de nadie” (No Man’s Land). Al escuchar a alguien entonar el himno “Noche de paz, noche de amor”, los soldados comenzaron a bajar las armas uno por uno y a salir del barro de las trincheras. Enterraron juntos a los caídos del enemigo, intercambiaron pequeños regalos y hasta disfrutaron de un partido de fútbol sobre la tierra helada. Esta breve paz, florecida en medio del odio y la matanza, da un testimonio solemne de cuán poderoso es el “anhelo de reconciliación” arraigado en lo más profundo del ser humano. Pero así como una tregua en el campo de batalla no podía durar para siempre, la paz construida únicamente con la frágil voluntad y las emociones humanas pronto vuelve a dispersarse entre los disparos. Entonces, ¿dónde está el camino que pueda cerrar para siempre las trincheras del conflicto que se repiten sin cesar en nuestros hogares, en nuestros trabajos y en el ámbito de nuestra fe?

El precio que pagó la cruz, una nueva creación forjada por la gracia

Nuestra vida cotidiana es, a veces, como un silencioso campo de guerra psicológica. Afilamos el orgullo y, para plantar la última bandera de que teníamos razón, terminamos dejando profundas heridas en quienes tenemos más cerca. Frente a esta fractura de las relaciones que tanto nos hace sufrir, la declaración de Pablo sobre el “ministerio de la reconciliación” en 2 Corintios 5 no se presenta como una simple exhortación ética, sino como un acontecimiento de nueva creación. Al exponer este pasaje, el pastor David Jang deja en claro que la reconciliación no es solo cultivo moral de una persona bondadosa ni una técnica de convivencia, sino el “lenguaje de la identidad” que brota del corazón mismo del evangelio.

La conmovedora declaración de que, si alguno está en Cristo, nueva criatura es, no es un consuelo ligero que nos pide encubrir las heridas y los resentimientos del pasado. Es una majestuosa visión teológica que anuncia que la ley del viejo ser —la gramática de la condena, la venganza y el cálculo— ha llegado completamente a su fin en la cruz. En realidad, la razón por la que perdonar es tan dolorosamente difícil en nuestra vida es que siempre exige un enorme “pago”: renunciar a nuestro control y a nuestro orgullo. Pero cuando avanzamos hacia una meditación bíblica profunda, nos encontramos de pronto con una verdad abrumadora: Cristo pagó primero, de manera plena, ese inmenso costo relacional mediante la expiación sustitutoria de la cruz. El pastor David Jang no busca la razón por la cual debemos perdonar a otros en la superficial determinación humana, sino en la gracia de la cruz, en la pregunta: “¿Cuánto perdón infinito hemos recibido ya?”. Solo cuando permanecemos bajo la cascada de esa gracia sobrecogedora, nuestro corazón endurecido comienza por fin a derretirse, y la ley de la nueva vida golpea los ventrículos del alma y empieza a latir.

La santa distinción, la espiritualidad de la cruz que abraza las heridas

Por supuesto, el perdón precipitado y la acogida ciega no lo son todo en la fe. La verdadera reconciliación no es una técnica de olvido barato que borra las heridas, sino la obra de la gracia que desintoxica por completo el veneno feroz que esas heridas dejaron. Y precisamente aquí radica el punto en que la predicación del pastor David Jang, sostenida por el peso de la realidad, adquiere una profunda fuerza persuasiva. Aunque proclama el evangelio de la reconciliación, nunca pierde de vista la “santa distinción” de 2 Corintios 6. Así como la luz y las tinieblas no pueden mezclarse arbitrariamente, un compromiso barato que diluye la claridad del evangelio jamás podrá traer paz al alma.

Esta verdad paradójica está profundamente conectada con la espiritualidad de la “kenosis” (el vaciamiento de sí mismo) que muestra Filipenses 2. Cuando asumimos la mente de Cristo, quien se vació a sí mismo y tomó forma de siervo, podemos alcanzar una santa distinción que, sin hundirse en los valores del mundo, abraza al mundo con amplitud. Cuando se derrumba la torre de Babel que levantamos precariamente al reclamar los derechos que creemos merecer, entonces por fin se abre un espacio en ese vacío para que penetre un amor sincero hacia el otro. El pastor David Jang llama a esto “el corazón del Señor” y nos exhorta a una intensa disciplina espiritual: levantar con firmeza la columna de la verdad, pero verter esa verdad en el recipiente del amor y de las lágrimas. Esta es, verdaderamente, una espiritualidad de la cruz tan hermosa como grave, que hace que el evangelio deje de ser una doctrina pálida y se convierta en una realidad viva en nuestra existencia.

La gramática de la vida eterna que vuelve a poner la mesa rota

En última instancia, el destino final de la reconciliación es la restauración de la confianza derrumbada y el volver a preparar con calidez la mesa de la comunidad eclesial donde partimos el pan juntos. Aquí conviene recordar por un momento el arte del “kintsugi”, en el que una cerámica rota se recompone con laca y luego se cubre con polvo de oro, renaciendo como una obra mucho más noble y elegante que antes. La expiación sustitutoria de la cruz y el evangelio de la reconciliación son como un kintsugi espiritual. Unen nuestras relaciones despedazadas con hilos dorados de gracia y las transforman en una nueva creación resplandeciente, imposible de imaginar antes. Las heridas del pasado no desaparecen sin dejar rastro, pero en el evangelio esas mismas heridas se convierten, más bien, en un hermoso dibujo que proclama el poder del amor y del perdón.

Si dentro de nuestro templo, o sobre la mesa familiar que vemos cada día, el diálogo se ha interrumpido y solo circulan miradas frías, el mundo jamás confiará en el evangelio que proclamamos con los labios. El mundo siempre lee primero el fruto de las relaciones antes que los argumentos de la teología. Por eso, el pastor David Jang insiste una y otra vez en que la iglesia debe dar fruto de reconciliación ante el mundo y convertirse en el verdadero rostro del evangelio. Cuando depositamos en silencio las viejas disputas y los malentendidos al pie de la cruz, cuando no encerramos los errores de los hermanos y hermanas en una marca eterna, y cuando decidimos ser, con gusto, puentes de concesión y mediación, la comunidad recupera por fin su aliento.

La majestuosa invitación que resuena a través de este sermón de profunda meditación es, al final, el suave pero firme llamado de Dios a reordenar hoy la vida de quienes somos cristianos. Cuando abra los ojos mañana por la mañana, convierta la lista de quejas y cálculos que le viene primero a la mente en lenguaje de oración. Y ponga palabras de bendición en esos labios endurecidos que antes solo protestaban por la injusticia. El ministerio de la reconciliación que proclama el pastor David Jang no es, en absoluto, una vaga utopía reservada para un futuro lejano. Es, más bien, el gran comienzo de una nueva creación en la que quien ya ha sido perdonado, con la gramática de la vida eterna, vuelve a escribir desde ahora y aquí, de manera resplandeciente, sus relaciones quebradas.

www.davidjang.org

www.prismpress.kr

Leave a Comment