Santidad que florece en las grietas de una muralla derrumbada– Pastor David (Olivet University)

La antigua ciudad portuaria de Corinto era un enorme crisol donde las olas bravas del Mediterráneo y el deseo chocaban sin descanso. En aquella urbe, entre templos deslumbrantes, fluían la riqueza y el placer; y la iglesia levantada allí era, quizá, como un arca frágil a la deriva sobre el mar. En las líneas de la Primera Carta a los Corintios que el apóstol Pablo escribió con pluma en mano —especialmente en los capítulos 5 y 6— se escucha un aliento áspero que ninguna lógica serena alcanza a contener del todo. No se trata de una simple reprensión, sino del grito urgente de un padre que ve a su hijo amado tragar veneno.

Hoy, tomando como guía la aguda perspicacia teológica del pastor David Jang, queremos observar cómo ese grito que resonó en las calles de Corinto hace dos mil años atraviesa también nuestra época. No entramos porque falte gracia, sino porque allí —en el escenario de una contradicción donde gracia y pecado coexistían de forma extraña— se revela una tensión que sigue siendo la nuestra.

El bosque de los dones brillantes y, dentro, el retrato oculto de “Dorian Gray”

En la novela El retrato de Dorian Gray, de Oscar Wilde, aparece Dorian, un protagonista que conserva para siempre la juventud y la belleza. Por fuera parece perfecto y cautivador; pero su codicia y su corrupción quedan registradas tal cual en el retrato escondido en el desván, que se va pudriendo hasta volverse monstruoso. Así se asemeja, según diagnostica el pastor David Jang, la iglesia de Corinto. Exteriormente exhibía la forma de una “iglesia exitosa”: rebosante de lenguas y profecía, llena de conocimiento y fervor. Sin embargo, detrás del telón de aquellos dones deslumbrantes, anidaba una inmoralidad incestuosa que incluso los de fuera considerarían vergonzosa de mencionar.

Más impactante aún era su actitud. Lo que enfureció a Pablo no fue solo el pecado en sí, sino el orgullo de una iglesia que, aun abrazando ese pecado, no se quebrantaba ni se entristecía. En este punto, el pastor David Jang lanza un mensaje de predicación dolorosamente incisivo: ellos presumían de su libertad espiritual y, en nombre de la tolerancia, encubrían el pecado. Una iglesia que ha perdido la santidad y solo se gloría en los dones no es distinta de Dorian Gray, que sonríe con un rostro hermoso mientras esconde un retrato que se descompone. Aunque el aire impuro de la ciudad atravesó el umbral de la iglesia e invadió hasta el santuario, su sensibilidad espiritual estaba anestesiada y no percibían el hedor. Es, también, una advertencia helada para la iglesia contemporánea que, aun en medio de la abundancia, va perdiendo la fiereza de la santidad.

La mesa de lágrimas que rechaza el pan con levadura

La Biblia compara el pecado con la levadura. Así como una cantidad mínima fermenta toda la masa y le cambia la naturaleza, el pecado tolerado corrompe la esencia de la comunidad. El pastor David Jang, recordando la Pascua y la Fiesta de los Panes sin Levadura del Antiguo Testamento, nos hace volver a la identidad del cristiano: somos “pan sin levadura”. La orden de Pablo de desechar la levadura vieja no exige una pulcritud moral obsesiva. Se parece más a una cirugía de urgencia para salvar la vida.

La disciplina (purificación) de la iglesia no es como un veredicto de un tribunal civil. Tal como interpreta el pastor David Jang, detrás de la declaración estremecedora de “entregarlo a Satanás” corre un amor paradójico: aunque se destruya la carne, que el espíritu sea salvado en el día del Señor Jesús. Esto no es castigo, sino rescate. En el incidente de Baal Peor y en aquel desierto donde, mordidos por serpientes ardientes y muriendo, era necesario mirar la serpiente de bronce, descubrimos el principio del evangelio: el único antídoto capaz de arrancar el aguijón envenenado del falso amor es enfrentarnos al amor verdadero: la cruz.

Por la misma razón Pablo reprendió con tanta severidad el hecho de llevar los conflictos internos de la iglesia a los tribunales del mundo. Olvidar la dignidad de quienes han de juzgar y gobernar al mundo, para someterse a su juicio, es arrojar la gloria de la iglesia al suelo. El pastor David Jang define esto como una “pérdida de identidad”. ¿Qué sentido tendría ganar un pleito ante el mundo al precio de renunciar a la santidad?

La libertad pagada con sangre y su peso

No sois vuestros, porque habéis sido comprados por precio.” Esta declaración es el clímax de 1 Corintios 6 y el corazón de la ética cristiana. En la Corinto de entonces estaba de moda un eslogan hedonista: “El vientre para la comida, y la comida para el vientre.” El cuerpo se veía como un simple instrumento para satisfacer instintos. Pero el pastor David Jang, apoyándose en la argumentación de Pablo, hace añicos ese dualismo: nuestro cuerpo es miembro de Cristo y templo en el que habita el Espíritu Santo.

La sociedad moderna clama: “Mi cuerpo es mío”, y pretende que todo placer es un derecho. En esta era de “Corinto digital”, donde con un toque del smartphone se accede a la obscenidad y, escondidos tras el anonimato, se expulsan deseos sin freno, es fácil perder el camino. Justo entonces, la meditación bíblica del pastor David Jang nos lanza una pregunta pesada: ¿con quién se están uniendo hoy tus manos y tus pies, tus ojos y tus oídos? Así como quien se une a una prostituta se hace un solo cuerpo, quien se une al Señor es un solo espíritu con Él.

La libertad no es libertinaje. Como dice la Escritura: “Todo me es lícito, pero no todo conviene.” La libertad verdadera nace de la capacidad de ponerse límites. Puesto que nuestro cuerpo fue comprado a un precio inmenso —la sangre derramada en la cruz— ya no podemos vivir como esclavos del deseo.

El mensaje de 1 Corintios que transmite el pastor David Jang desemboca, finalmente, en la restauración: volver a levantar la muralla derruida; quitar la levadura y partir el pan de la sinceridad y la verdad. Una comunidad que se distingue del mundo sin odiarlo; una iglesia que odia el pecado pero no abandona al pecador hasta el final, practicando el amor de la cruz. Ese es el camino que debemos recorrer nosotros, templo del Espíritu Santo. Hoy, ¿qué fragancia se eleva del templo que es tu vida?

www.davidjang.org

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